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miércoles, 30 de diciembre de 2020

PREGUNTAME POR QUÉ

 

El post que provocó el escrito sobre mi amigo y sentir de este día,  desaparece por el cúmulo de los siguientes, los dejo fluir, hasta que otro  emerge y posiciona con todo su significado  y peso histórico para América Latina y la mitad el mundo que habita el planeta. 
Es la aprobación del aborto legal  en Argentina [1], el reconocimiento y legislación del derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos, las argentinas cierran el año obteniendo lo que se propusieron, hacer que sea Ley[2]. 

Pienso que si el 2020 a las mujeres  mayores de 60 el Covid 19 nos confinó o restringió, no sucedió lo mismo con las millennials y centennials, quienes en esta región han dado la lucha por el derecho a la educación pública, la radicalización de la democracia [3] y una nueva constitución en Chile [4], la renuncia de un gobierno espuria y golpista como el de Merino en el Perú [5], en tanto las argentinas han dado una dura y creativa  batalla a lo largo del año por su derecho al aborto legal y asistido[6]. 

Mi primera reacción ha sido reproducir la noticia en mis redes y comentar: “Bien por las argentinas empoderadas, conquistaron su derecho a decidir.  El 2020 nos ha traído un nuevo modo de convivencia, que incluye ejercer derechos. No más muertes de madres por aborto clandestino, no más niñas abusadas pariendo sin haber llegado a ser mujer, no más adolescentes, jóvenes y mujeres en edad reproductiva violadas y obligadas a parir el símbolo de la barbarie. No más seres indeseadxs y abandonadxs.” (Mi muro, 30.12.20)

Luego pienso en el fondo de cada una de mis afirmaciones y cómo han ido instalándose en mi posición. En primera persona, no tenía idea que era aborto ni abortar hasta los 17 años, puesto que crecí y confirmé en una familia católica y religiosa, donde la vida sólo te la daba Dios y él te la quitaba, así que la maternidad era un tabú, toda mujer debía ser madre y punto. Un evento muy cercano de violación me asomó a que existía la posibilidad del aborto, acompañé ese proceso sin comprenderlo completamente, sería mucho tiempo después que lo procesaría y  adentraría en toda su magnitud e implicancia.

Mi segunda aproximación fue poco tiempo después, al enterarme que en el barrio una de las señoras más famosas era conocida por esas artes, pero no le di mayor importancia que la curiosidad de descubrir los secretos públicos de una comunidad siendo  adolescente. 

La muerte, el aborto, embarazos deseados como indeseados no eran parte de mi agenda, yo tenía otras luchas y metas a cuestas, quizás como a muchas de mi edad no me preocupaba salir embarazada, eso en verdad no se piensa, sólo sucede en una sociedad sin educación sexual, control sexual a las mujeres  e incentivo e iniciación con presión social del hombre. De pensarlo antes, saber y asumir sus consecuencias, seguro que sería menos complejo y no hablaríamos de aborto.

Más adelante, cuasi bordeando la juventud mientras sobrevivía al curso de biología, derecho de familia y sociología de la familia en la universidad, tomaría conciencia de la problemática que deriva en el aborto, su significado e implicancias me haría pensar que de ser legal, muchos de quienes existimos no estaríamos para contarlo, puesto que en ese entonces los matrimonios se producían como consecuencia de un embarazo: “hacerse responsable” era un término  que revelaba su existencia, puesto que cuando no había quien se ‘haga responsable’ sucedía un aborto o la mujer era condenada a llevar a cuestas el estigma y sublimarlo con la condición civil de “madre soltera” [7].

Eran tiempos donde mi pensamiento lógico era cuasi lineal, siendo sencillo extrapolar: causa, acción, reacción y consecuencia. Siempre me preguntaba por qué no ”hacerse responsable antes" y no después de un embarazo no planificado y/o indeseado, puesto que existía la píldora desde mediados del siglo XX [8] y el condón mucho antes [9],por qué si se decidía tener sexo responsable no se hacía uso de anticonceptivos, para que mujeres y hombres tuvieran embarazos planificados. 

Entonces, no terminaba de procesar, desde mí reducida perspectiva el entramado histórico, cultural, religioso, social, legal y económico que se habían encargado de construir una barrera donde se encerraba a las mujeres con prohibiciones, privaciones y sentimientos de culpa, al  mismo tiempo que bajo la figura del amor romántico, se exacerbaba la virilidad masculina, produciéndose batallas de conquista y seducción de las  mujeres para que ellas saltaran esos impedimentos,  luego las colocaban en situación de subordinadas usando la maternidad como grilletes en su condición literal de esposas.

En otros casos, eran sometidas a ser la otra, convirtiendo a esa maternidad en bastardía, despreciado por la misma sociedad que celebraba al macho y conquistador, mientras condenaban a la mujer por su papel en el mismo acto. Y estaban las apestadas, las mancilladas, las abandonadas a su suerte, aquellas que decidían tener el hijo/a o la de ese amor romántico, irresponsable, machista y marianista solas. Transformándose por un lado en parias y por otro en heroínas, en cualquier caso, liberando de responsabilidad al progenitor fugitivo, haciendo que sus hijos hombres sean igual o peor en su relación con las mujeres;  y a las hijas mujeres, transformarlas en presas inseguras, que pese a sus cuidados reproducían la historia.

En cualquiera de estas condiciones, quienes nacen bajo la irresponsabilidad de una maternidad no planificada, son en parte "destinadxs" a ser miserables, y si reproducen el ciclo, hacer la  vida de otrxs tan miserable o más que el propio. 

Me he encontrado a lo largo de este tiempo con mujeres y hombres de padre y/o madre ausente, condenadxs a buscar tenazmente ser amadxs por sus progenitores sin éxito transformándose en discapacitadxs emocionales demandantes de permanente reconocimiento  desde fuera e insatisfecho. Algunxs han cruzado en el océano para descubrir su origen y creerse el cuento de un progenitor irresponsable que se parapeta en la ignorancia y como el hijx es necesitadx de un asidero emocional, se lo cree, mientras pisotea nuevamente la memoria de la madre o la coloca en condición de embustera, porque necesita creer la historia del progenitor, para no sentir lo que siente.

Pero como no hay predestinación, sino la libertad de  hacerse cargo del proyecto de ser humano que cada quien decide ser o descubre ser a tiempo, unxs procesan y asumen la vida de otro modo, generando ese punto de quiebre en sus historias y respecto de sus  ancestrxs, reinventándose con resiliencia. Estas y muchas otras reflexiones las fui elaborando desde mi conocimiento teórico, mi relación personal con pares y limitada cobertura del mundo, sus bifurcaciones y la complejidad de construir o deconstruir relaciones sociales, de parentesco,  pareja y sexuales.

Me  adentraría realmente al tabú del aborto, cuando a mediados de los ochenta, empecé mi trabajo de campo pre-profesional, cuando me asomé a la intimidad  de mujeres pobre, explotada, sometida, subordinada,  madre de cinco hijos con el esposo desempleado, abusivo y/o tuberculoso-TBC. Un rostro de mujer, que luego fue difunta por una práctica de aborto clandestino dejando tragedia y más tragedia con su muerte. Recordé a huérfanxs que conocí en los Asentamientos Humanos, de aquella madre que había decidido no tener el quinto o sexto hijx porque no tenía para alimentar y cuidar a los que ya existían. Allí ya no me era posible preguntar por qué no planificar antes de abortar, allí se habían producido los hechos y el aborto era el problema central, que no se detiene como la hemorragia que presencié sin atinar que hacer.

Así descubrí que el aborto, no era ese mito de la práctica de una mujer mala,  ligera, fácil o puta que sale embarazada por desenfreno, descuido y decide abortar por irresponsable, sino que de primera fuente constaté que eran principalmente mujeres madres que ya no debían seguir siendo más madres. Las adolescentes y jóvenes primerizas no abortaban por miedo, presión o confusión -de ser así no habrían tantas madres solteras-, aquellas que se arriesgaban y lo hacía eran mujeres madres porque no podían literalmente sostener un hijx más. 

La ignorancia suele ser osada, pero el conocimiento te aproxima y explica la lógica de los hechos. Un pensamiento común diría por qué si tienen TBC se reproducen, pero mi curso de biología como parte de los estudios generales en la universidad, así como el tiempo que fui  parte del equipo del programa de TBC del CS de SMP, me permitió conocer la lógica de sobrevivencia de la especie humana. Sucede que cuando más está en riesgo, invadidx por alguna infección, tiendes más a reproducirte para garantizar la sobrevivencia como especie. Recuerdo la lección de aquel médico japonés que era dios en el Centro de Salud, porque decidía a quién se le administraban las drogas para superar la TBC y a quién los placebos, porque no había para todxs, me miraba y sonreía sin parecerlo, diciéndome: "Cuanto más el cuerpo está amenazado por la enfermedad crece más el apetito sexual, no es que la embarazada haya adquirido la TBC por embarazo, aun cuando así sea el registro, sino que estando con TBC salió embarazada". 

Tanto ayer como hoy, asomarse al mundo de las políticas de salud, es como descender al infierno de dante, peldaño a peldaño. El  Covid 19 nos ha mostrado con esa crudeza de la que es capaz una pandemia, que lxs médicos en determinado momento han de decidir quien vive y quien muere, pese a su juramento hipocrático, fe y valores [10], porque el sistema es el que define, hasta hoy es el mismo sistema del siglo XIX que se reproduce con nuevas y peores prácticas, en contradicción a los avances de la ciencia.

Y claro otrox más osadx retomarán mi pregunta anterior, ¿por qué si son pobres no usan anticonceptivos? En el escenario de los ochenta no se hablaba o se hablaba poco de anticonceptivos, es más estaba prohibido -aún lo sigue estando- por  diversas religiones y sus instituciones por extensión, quienes estaban más cerca de mujeres y hombres pobres. 

Recuerdo mucho cómo una ONG hoy de ‘avanzada’ -sonrió cuando alguien me dice que esa misma directora es ‘experta en género’ hoy-,  en 1987  no sólo se opuso a un curso de uso de diversos métodos anticonceptivos sino que planteó como única alternativa congruente con la línea institucional, era el método Billings o método del ritmo, cuando quienes teníamos mediana información sabíamos que era el método menos efectivo, porque eran escasas las mujeres con ciclos regulares y que no funcionaba cuando eran asaltadas por el marido borracho.

Acto seguido esa misma directora, despidió a la osada  obstetra por plantear un curso de capacitación con esa orientación a las mujeres de los comedores populares. Aquellas mujeres pobres con un promedio de 5 hijos, jamás se enteraron que podían elegir no tener mas hijxs, siempre me pregunto: ¿Cuántas de ellas habiendo  accedido a este curso no hubieran tenido que abortar  y morir de inmediato o de a pocos si sobrevivían  por el se sentimiento de culpa? 

En los ochenta y noventa las políticas de población a nivel del país como las instituciones privadas eran de planificación familiar centrado en mujeres, que desde la práctica las transformaba en únicas responsables de la reproducción de la pareja, además de ser políticas conservadoras, pacatas y de doble moral, puesto que negaban a las mujeres aquello que incentivaban en los hombres con la imagen cosificada y sexuada de  las mujeres, junto a la prostitución protegida.

El acceso a métodos anticonceptivos como política del Estado, se iría a los extremos en los noventa, siempre enfocado en que la responsabilidad era de las mujeres estableciendo esterilizaciones forzadas. En zonas alto andinas, su rol  reproductor está asociado a patrones y valores culturales, que al ser trastocados invasivamente coloca en situaciones de doble violación de derechos, marginación y devaluación dentro de su comunidad y respecto de su pareja. 

Mucho se ha escrito al respecto, aquello que quiero anotar es que tanto la información, formación y acceso a métodos anticonceptivos que implica un paso importante para reducir el aborto, es una política que se ha ido conquistando con la lucha de las mujeres feministas a lo largo de las últimas décadas del siglo XX y las dos primeras de este siglo, enfrentadas muchas veces con las propias mujeres que ven cimentados su ser y valor en la maternidad, que la torna casi virginal aun cuando por ella, será excluida del proceso productivo, el mercado de trabajo y subordinado al varón en la distribución sexual del trabajo.

Al otro lado estaban quienes se beneficiaban del aborto clandestino, desde las seudo matronas, hasta los curanderos y médicxs. Recuerdo claramente los rostros de las mujeres bajo las velas, cuando luego de la capacitación, nos tocó hablar sobre el último funeral de alguna pobladora, socia o pariente, en mis zonas de trabajo como Infantas, Comas, Naranjal, Puente Piedra, Santa Luzmila, San Juan de Lurigancho, Villa el Salvador, San Juan de Miraflores e Ilo. 

Todas ellas sabía un poco de todo, desde el aborto altamente riesgoso, cuya sobrevivencia  no podrían tener más hijxs, hasta las prácticas más increíbles en el uso de una serie de aditivos desde plantas, pasando por químicos, pastillas, hasta esfuerzo físico o caídas provocadas. Una de esas noches pregunté, si volvieran a tener la edad de su primer embarazo que harían. Fue revelador, en coro dijeron: “No saldría embarazada y de serlo no me casaría”. En un  contexto diferente a la sublimación de la maternidad como el día de la madre, de cara a la realidad de un hecho concreto como el aborto, las mujeres que oscilaban entre 30 y 60 años, no se visualizaban con la maternidad como su meta de vida.

Todas sabían quién, donde y quiénes eran los médicos y consultorios que realizaban abortos, cuya ostentación de enriquecimiento hablaba por sí solo, por cuanto en las zonas populares de Lima y de aquel bello puerto del sur se sabía en ese silencio y secreto público quien era quien, quién se beneficiaba y enriquecía con la desgracia, miseria, orfandad e ilegalidad de las mujeres que decidían abortar. Significando que con la ilegalidad del aborto, había quienes perdían y ganaban. Un mito detrás del cual estaba una vez más el mercado con su oferta y demanda funcionando activamente, en tanto el Estado se hacía de la vista gorda.

Y estaban las situaciones de violación donde la madre niña, adolescente o joven se ve obligada a parir al fruto de la vejación, recordándole a lo largo de su vida los sucesos, cuando no tuviera fuerzas de vivirlo, abandonar a la prole siendo censuradas y condenadas socialmente por ello. Y están niñxs dejadxs a su suerte, malcriadxs, abusadxs y usadxs sea por el sistema como por quienes los recogían, se transformaban prontamente en nueva fuente de reproducción manteniéndose inalterable el círculo vicioso.

Al otro extremo de toda ciudad, están las mujeres de clase media y alta en similares situaciones, pero con acceso a condiciones seguras para abortar. Pero compartiendo todas el silencio, la condena, el sentimiento de culpa y el delito. Al igual que las mujeres de sectores populares a cuyos testimonios desgarradores me asomé cuando me abrieron su alma, así mismo conocí de mujeres empoderadas feministas o pseudo feministas que habían abortado en condiciones seguras y vivían para contarlo.

Es en este siglo que conocí la otra cara de la medalla, al ser que se hace, siendo y sabiendo que es producto de un incesto. Cuando conocí a Magdalena, la llamaré así, fue como parte de un servicio profesional al que accedí, mis idas y venidas a su centro de labores, así como la conversa que se producía en su interior, hizo que un día de esos nos halláramos solas. 

Me abrió su torturada alma, mostrándome que era una mujer que amaba demasiado, se había separado de su esposo porque se cansó de mantenerlo y decidió cortar por lo sano, era una bella mujer y exitosa profesional, pro llevava la procesión por dentro. 

Fue contándome una a una sus desgracias y tratando de explicar por qué le pasaba todo ello, me cogió de las manos y me dijo: “He venido a esta vida, sin pedirlo a sufrir porque estoy maldita. Hace poco descubría que mi padre era mi abuelo y mi hermana, es mi madre. El único amor que siempre tuve fue el de mi madre, que fue mi abuela, con su muerte siento que he caído en un pozo profundo, dime Catalina, por qué me tuvo que pasar a mí, porqué mi madre no me abortó”.

Yo que nunca me quedo muda, en verdad quedé muda. Sólo la abracé por un momento, mientras ella lloraba dolorosa y desgarradoramente. Recurrí a todo mi conocimiento espiritual, para consolarla y decirle que está en esta vida por una misión que ha de cumplir, que si alguien está  maldito no es ella ni su madre. Y que no la abortó como ella hubiera preferido, porque vivimos en una sociedad donde la víctima termina siendo la culpable, que está en sus manos dejar atrás sus vínculos e historia de la que no es responsable ni debe asumirse como tal. Que cierre el círculo haciendo de su vida lo que ella decida.

Así es como, de no conocer ni saber y abstenerme de opinar sobre el aborto hasta mi mayoría de edad, hoy soy una mujer pro-aborto. Porque estoy convencida que es un derecho que cada mujer que se enfrenta a esa situación debe decidirlo sola. Nadie más que la mujer embarazada bajo específicas situaciones debe decidir tener o no tener ese hijx, contando con el debido apoyo, acceso al servicio garantizado y público sin que sea una delincuente. Ninguna religión ni sociedad debe hacerla culpable, mientras tolera y protege al perpetrador o corresponsable ausente.

Una sociedad que se jacta de civilidad, modernidad y en vía de desarrollo,  jamás lo será mientras sus niñas sigan siendo abusadas por sus padres, hermanos, tíos, abuelos, cuñados y junto a  las adolescentes son madres antes de haber aprendido a ser niñas o adolescentes. Una sociedad donde las niñas y adolescentes paren por obligación [11], es una sociedad condenada a la decadencia.

El mito del incesto como el aborto,  es un modo de negar y evitar los caminos para su erradicación. Las mujeres de ayer queremos que las mujeres de hoy tengan los derechos  que nos negaron. Mayor educación, protección, justicia, amparo y seguridad para las mujeres, niñas y adolescente, pero también con oportunidad para elegir abortar con garantía y seguridad si así fuera necesario. 

La legalidad del aborto, de ningún modo es incentivo para abortar, porque su decisión involucra todas las dimensiones de la mujer, es un modo de reconocer que existe, donde hay quienes ganan y pierden, quienes se benefician y afectan, quienes están condenadas a vivir una vida miserable por ser pobres y aquellas que en la misma situación pueden elegir y vivir para contarlo.

Las mujeres no somos únicas sino distintas no sólo en  edad, etnia, clase, historia por cuanto tenemos derechos a decidir lo que queremos ser, a decidir sobre nuestro cuerpo y vida. Negar e ilegalizar el aborto  sigue siendo hasta nuestros días, un modo injusto, inmoral, discriminador y absurdo de condenar a las víctima a sufrir el impacto de su abuso y al victimario liberarlo de toda responsabilidad al punto que él no imagina cuánto y cómo destruyó otra/s vidas. Así como ser cómplices de quienes lucran con ello. 

Condenar a niñas y adolescentes a ser madres, es decidir que su vida terminó antes de empezar, si sobrevive nada hará que supere el trauma. Si muere y deja prole, serán niñxs en la orfandad  en una sociedad que no tiene políticas, programas y proyectos  para la infancia en riesgo y la ancianidad. Exponiéndolxs y  condenarlxs a ser parte del círculo del abuso,  violencia,  violación, reproducción con embarazos indeseados.

Por eso y mucho más pregúntame a mí, cómo me siento por la conquista de las argentinas que han logrado que el aborto sea legal.

#Bienporellas 
#Bienpornosotras 

#Vamospormás

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[1]https://www.pagina12.com.ar/311158-aborto-legal-que-dice-la-ley

[2]https://elcomercio.pe/mundo/latinoamerica/aborto-legal-en-argentina-en-vivo-senado-debate-la-interrupcion-del-embarazo-hasta-la-semana-14-de-gestacion-y-se-preve-ajustado-resultado-alberto-fernandez-legalizacion-en-directo-minuto-a-minuto-noticia/

[3] http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0121-75502019000200031

[4] https://www.pagina12.com.ar/300818-con-adn-feminista

[5] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-54948270

[6] http://www.abortolegal.com.ar/proyecto-de-ley-presentado-por-la-campana/
[7] https://www.inei.gob.pe/prensa/noticias/mas-del-60-de-las-madres-del-pais-trabajan-9714/

[8] https://www.revistacienciasunam.com/es/197-revistas/revista-ciencias-48/1879-historia-de-la-p%C3%ADldora-anticonceptiva.html

[9]https://www.medigraphic.com/pdfs/revcubobsgin/cog-2013/cog133j.pdf

[10] https://www.infobae.com/america/eeuu/2020/03/29/el-triaje-en-tiempos-de-coronavirus-quien-vive-quien-muere-quien-decide/

[11] https://larepublica.pe/sociedad/1426251-ica-nina-13-anos-fallecio-luego-dar-luz-hospital-pisco/

domingo, 13 de mayo de 2018

ENTRE MATERNIDADES Y MATERNALIDAD


Es sábado, antes de un domingo más del día de la madre. Hemos quedado en vernos con Ana tras tres meses de ausencia e ir a disfrutar del arte de ser madre al arte de expresarlo en voz alta. Sin tapujos, censura ni medias tintas, sólo dejar que fluya para desestigmatizar la acentuación de los roles y atributos sociales cuyo mandato tiene como máximo valor la maternidad. Pero aquella ideal, sin llegar a sus extremos: ningún hijo(a) que sea sospechoso o mucho que se torne en escándalo, en una sociedad temerosa y vigilante de sus fronteras, cuyo ensanchamiento se asemeja al asalto de corsarios y piratas, provocando miedo, inmovilidad y quebranto.

He llegado al escenario de la noche que se anuncia misteriosa como generosa, la puesta en escena de la obra a puertas abiertas. Es mi primer encuentro con la niebla limeña, circundándome  un otoño gris de casi invierno precoz que hace sujetarme de la pashmina, mientras recuerdo que a menos de una hora, dejé un sol radiante, propio de micro climas en este bendecido país. La cita es en El Galpón, tengo mis dudas de la ruta, hasta cuando descubro la estela de aromas a canela, sándalo y mirra que ha dejado tras de sí Haydee, la Negra que sólo Sabía Parir.
Ella es una mujer dispuesta, disponible y decidida a mover la montaña con sus manos. Erguida en toda su altura, con voz en decibeles máximos, de sonrisa plena, olfato inquieto y atento a la intensidad de  aromas como ambiente. Con piel tersa de veinte habiendo transitado más de siete décadas, ojos inquietos e inquisidores, bellamente contorneada en cada detalle de su cuerpo de alabastro.

Cuerpo, amasado y afinado con el trajinar del cuidado a nueve de doce hermanos(as) sin haber rebasado la adolescencia. Afirmado por el cincel del embarazo, parto y cuidado de ocho hijos(as) antes de la edad de cristo, barnizado bajo el lustre del amor en cada amanecer, atardecer y anochecer de goce y compañía, en una danza de mutuo descubrimiento. Hasta tocar el cielo en momentos de éxtasis y de dulzura como complicidad tierna en tiempos de secano.

Una vida que ha sobrevivido a la maternidad inesperada e inconsciente, entrenado bajo el rol de hermana. Graduándose como madre multípara con espacio mínimo de recuperación biológica para garantizar la reproducción de la especie sin riesgo de extinción y postergación de la madurez emocional. Y tras tomar las riendas de su reproducción, se asomó de cuerpo entero hacia el otro y la otra asida de aquello que bien aprendió hacer, su maternidad, que reproducida en el espacio público y colectivo se trastocó en maternalidad incomprendida de su liderazgo, entre las exigencias de las relaciones intragénero, la discriminación racista, la distancia intergeneracional, la democracia discursiva y el autoritarismo práctico; la religiosidad en tensión con la fe y los actos.


En ese espacio conflictivo, conflictuado y exigente adoquinado de ingentes intereses y agendas como sucede con los  espacios de las mujeres organizadas, nos  hallamos la primera vez en un tiempo de un siglo que ya no existe, mirándonos y calibrándonos con desconfianza, reto e interrogantes. Ubicadas entre una orilla y otra de un amplio e imaginario canal como el Huaicoloro, donde la corriente era ensordecedora, turbia y amenazante que impedía escucharnos, menos descubrir el fondo de cada orilla. Cuándo establecimos el puente entre ambas orillas, en un tiempo también impreciso y en proceso de construcción. Lo único cierto es que no sólo hemos aprendido a cruzar de una orilla a otra sino transitar unidas entre ambas. Cuando ha sido necesario, hemos sintonizando y armonizando nuestras diferencias en significado y significante de gestos, lenguaje y acto.

Así es como Haydee, primero fue madre, amante, esposa y vecina. Se asumió negra y triunfó en ello, luego aprendiz y se hizo defensora con certificación para andar y hacer andar derecho como abogada con licencia a los 75 años. En este tiempo, nos tornamos confidentes en medio del séptimo perfecto, dejando fluir el espíritu colectivo, desenturbiando al ayer para recuperar  al ser cual diamante en bruto,  hasta dejar salir su brillo impedido por la turbiedad y desgaste de un lado de la orilla.

Haydee aprendió a transitar entre la maternidad, maternalidad y actuación, hasta esta noche donde la vimos brillar con la luz propia que emerge de su ser. Saberse mujer y negra, quien además de parir, ha logrado transitar por donde le dio la gana, haciéndose más sabia en cada uno de sus escenarios, hasta parir sus propios sueños que hoy nos mueven y conmueven.

La historia de Haydee, en el contexto de las cuatro historias intergeneracionales, multiculturales, intra género, con preferencias sexuales y diferencias de clase. Donde el hilo conductor es el vínculo con la madre, la sexualidad que deriva en la maternidad y la apertura al ser, es una invitación a explorar los diversos de modos de experimentar el cuerpo, la sexualidad, el embarazo, aborto y las maternidades que trasciende al estereotipo de mujer blanca (más preciso mestiza), heterosexual, monógama, madre, casada y feliz. Nos muestra la otra cara que tememos expresar por temor a no ser parte del cuadro perfecto de la mujer-madre al cual socialmente estamos constreñidas, mientras celebramos y erigimos un santuario que se coloca y desmantela cada segundo de mayo por sólo un día, quizás con la vana esperanza de limpiar el sentimiento de culpa por sus entramados complejos donde nos hemos perdido o redescubierto.

Escribí en uno de los grupos cerrados en los que participo ese otro lado del tema sobre maternidad que es recurrente en nosotras las mujeres, en ambiente de confianza. Allí donde inclusive aquellas que dicen deseaban tener muchas(os) hijas(os) descubren en determinado momento que no es todo bello, sublime ni gratificante. Sino exigente, desgastante, frustrante y árido. A veces suele disiparse con un abrazo y un beso infante, para retornar con más intensidad cuando nos sentimos agobiadas y desbordadas en soledad con presencia o ausencia del padre que no sabe cómo serlo. Recordándonos nuestra humanidad, donde no existe naturaleza maternal salvo el proceso del embarazo, cuyo origen etimológico está asociado con vergüenza, carga, vida y muerte[1].

Esta noche lo dijo gráficamente Haydee, la madre multípara: “Hoy con todo lo que sé y he aprendido de anticoncepción, embarazo y maternidad, no tendría ni medio hijo(a)”. Y lo dijo la madre que quiso serlo cuando decidió y no pudo: “He comprendido, he aceptado y soy feliz con el amor más desprendido y no dependiente que son mis tres gatos”.

En el siglo XXI se ha decantado y nadie pone en cuestión, que la maternidad como la pareja es una opción y elección, definitivamente hoy más que ayer, porque las mujeres podemos abiertamente autostenernos sin temor a ninguna ciclo de nuestra vida. El discurso tradicional era tener pareja e hijas(os) para no quedarse sola(o), la realidad muestra que es relativo, porque sucede que se puede estar sola(o) inclusive en compañía.

Por cuanto si la maternidad en su condición de rol es elegida, como se elige otro rol, por ejemplo: el servicio por un trabajo asumida don conciencia y  responsabilidad no tiene porqué celebrarse, premiarse o felicitarse, porque  es lo que debe ser.

La maternidad a diferencia de otros roles, suele complejizarse porque involucra cuasi todas las dimensiones humanas salvo la sexual (a veces hay excepciones cuando sucede el incesto) por cuanto es subjetivo, objetivo, práctico, espiritual, social, económico, cultural y religioso. El modo como se asume y es percibido, depende de cuánta concesión permitimos a los mandatos sociales y el peso de la expectativa en nuestro rol de madre e hija(o), cómo procesamos nuestra relación con las hijas, reproductoras de nuestro ser y con los hijos para hacerlos capacitados o discapacitados de asumir su paternidad con plenitud.

Para el caso de las mujeres somos primero hijas que madres, aprendemos a ser hijas de la relación de nuestras madres con la suya, en tanto que nuestras hijas lo hacen de nuestra relación con nuestra madre y abuela (actualmente es más frecuente la coexistencia de más generaciones). Así que en nuestro aprendizaje y narrativa está presente no sólo la madre sino también la abuela, si nos sinceramos, hay un punto medio que nos igual con nuestra madre, es cuando nos descubrimos a su vez madres y abuelas.

Cuando asumimos la maternidad independiente de su condición biológica, no moriremos en el intento si nos desprendemos del “grado de madre”, reconocimiento, aplauso y celebraciones. Hoy como ayer, se suele ser madre sin parir como continuum. 

Para no ir muy lejos, lo son las abuelas que sustituyen a la madre ausente aun cuando está presente, con la carga de la ilegitimidad que simbólicamente la subordina al concepto de madre, tornándola en seudo-madre con adjetivos diminutivos que le resta autoridad y expectativas de reciprocidad. Y si se posiciona en función de su rol de madre, genera confusión, vacíos e infancia emocional de nietas(os)-hijas(os), por los cánones sociales atribuidos a la maternidad y no por su ejercicio, en contraste con el desgaste y exigencia que se torna mayor por la edad y experiencia. Allí el abrazo y el beso de satisfacción y reciprocidad, requieren confirmación con gestos y expresión de amor, por ser quien no eligió sino se resignó a ser madre porque no quedaba otra.

La tía y hermana mayor, a quienes muchas(os) de nosotras(os) reconocemos como referente de amor, valores, protección y ejemplo pero que no se nos cruza nombrarla hoy como madre pese a que cumplió ese rol. Y esta la nana o trabajadora del hogar, que independiente a ser una labor rentada, por la convivencia y ser la única referencia de afecto del niño(a) con padres ausentes, tiene un lugar difuminado y sin derecho en su propia memoria y de los(as) otros(as).

Y no entro al desarrollo, sino sólo anoto aquella paternidad con la madre ausente, que ha de reinventarse porque no puede imitarla ni sustituirla, pese a los discursos que hemos desplegado –me incluyo-, la maternidad no sustituye a la paternidad, tampoco es posible que suceda otro tanto con la paternidad, sino que el ejercicio del cuidado de otro, que es hijo(a) por tanto se torna más exigente, con mayor aprehensión, culpa e inseguridad de hacerlo bien, desde la condición uniparental de madre o padre.

Así que celebrar la maternidad en verdad más allá de las costumbres y el nivel de nuestra conciencia del contenido y sentido del concepto y significado es un factor de constante reflexión para nuestra relación entre mujeres, de mujeres con hombres. De los hombres con las mujeres y los hombres entre sí.

sábado, 29 de marzo de 2014

VIOLACIÓN, EMBARAZO Y MATERNIDAD FORZADA: ESTIGMA Y SUFRIMIENTO

Muchas veces me preguntaba: ¿Cómo habrán hecho las madres violadas que no abortaron para gestar, parir, cuidar y ser madre del producto de ese salvajismo, vejación y atrocidad, en sus cuerpos y con perpetuidad en sus vidas?

Y claro cuando era adolescente siempre me asaltaba el temor de hallarme en tal situación por los casos que circundaban mi mundo, a veces cubierto por el velo del silencio otros por las narrativas literarias  y las más por la angustia de mujeres mayores respecto a menores, hasta cuando mi madre me explicó el riesgo al que estaba expuesto nuestros cuerpos por el hacho de ser mujeres.

Poco a poco  fui comprendiendo que esos seres fascinantes, los hombres, con quien nos gustaba tanto compartir. Esos seres semejantes a nosotras pero a la vez tan diferentes  que nos seducían, halagaban, deseaban, decían  amarnos también eran potenciales amenazas a nuestra voluntad, cuerpo y vida. No tardé mucho en comprender que   la violación sexual contra las mujeres se ha producido  en la historia humana, desde el instante en que otro ser decidió imponerse por la fuerza, ejerciendo ventaja y poder.

En uno de mis primeros viajes, estuve enfrentada a un evento del cual me sacó a flote mi serenidad, agilidad, gran fortaleza y voz. Confirmándome el hecho en primera persona, que todas  las mujeres, en algún momento de nuestra vida estamos expuestas a ser violadas y embarazadas forzadamente por el sólo hecho de ser mujeres, y de parir al producto de la violación, vivir con el estigma invisible marcado en la mente, ante los ojos  y el sufrimiento, a lo largo de la vida.

Suelo decir, que en momentos extremos de nuestras vidas, junto  a  la adrenalina uno piensa a mil. Inmediatamente a aquella experiencia, aun  en shock y en tiempos de escasa información (1974)  pensé que de ser violada y producto de ello embarazada, no hubiera dudado un segundo en optar por el aborto. Ese pensamiento en medio de  una crisis,  se fue acentuando a medida que conocí el dolor de los seres que son engullidos por el impacto de la violación sexual, primero través de mi voluntariado por el trabajo social,  más adelante en el desempeño profesional  con mujeres de todos los sectores, edades, procedencias, idiomas, credos. Incluyendo este tiempo  como   docente,  investigadora y mujer que se aproximado a los problemas de las mujeres,  me enfrento día a día con nuevas historias, otra narrativa y el mismo argumento sobre el peso de las secuelas de la violación sexual de mujeres.

Cuando conocí a  más de una mujer violada y fui testigo de su  relación con   la hija o el hijo producto de una violación, y de ella o él  con su madre, realmente entendí el contenido de ese insulto que suele esgrimirse ante una mala persona "mal nacido(a)". 

Hallé desde el lado de la madre para con su hija(o)  un trato agresivo, frío, rígido y exigente; o  por el contrario otro aséptico,  sobre protector, enajenante y dislocado. Desde la hija  o el hijo -posiblemente por el énfasis del trato de la madre-, hallé  a niñas(os) con problemas de conducta. A adolecentes y  jóvenes   extremando notablemente las tendencias y prácticas adolescentes de rebeldía, furia, agresividad y abandono. A mujeres  y hombres  adultas(os) carcomidos por el pesar, el sufrimiento y la culpa. Como gritándole al mundo la convicción de SER  producto de la violencia y desamor condenados a transitar en medio del dolor. Recordándonos a cada instante que el acto de la violación es la negación más  profunda y extrema de amor.

Algunas  madres o quienes asumen ese rol,  ciertamente han sublimado y dicen amar a su hijo/a pero no pueden negar que su relación es diferente con otros(as) hijos(as). Llamaré José1  al primer caso  y José2 al segundo que  conocí por la década de los setenta del siglo XX, ambos grafican esta relación.

José1 no entendía por qué su madre nunca lo abrazaba, tampoco tenía recuerdo de sus besos, a pesar que él se esforzaba  en hacer mérito a su condición de primogénito, era el primero de cinco. Más tarde descubrió que se debía a que su madre no se casó por amor y que él fue producto de una violación y que su padre no sólo era un mal padre sino también, un mal hombre. El buen hijo que ansiaba el amor de su madre para compensar desamor y  abuso de su padre, al descubrir que era producto de un no amor  de ambos, se entregó al sufrimiento, alcohol y drogas, hasta cuando falleció. Su madre se sentía culpable y decía que si hubiera tenido coraje para abortarlo, no lo hubiera traído a este mundo  para sufrir, tampoco se hubiera casado con su marido para sufrir hasta el fin de sus días. 

José2, siempre estaba furioso, quería darle a todo, al jugar el futbol su estilo era la del “machetero” ese que entra al campo decidido a “bajarse” al mejor jugador. Al terminar un partido, pregunté si alguna vez sentía pena por el jugador a quien golpeaba y lo dejaba en malas condiciones. Me miró extrañamente, me dijo: “Así es el juego, así juego yo y a quien no le guste que no juegue o no vea”. Éramos jóvenes también yo jugaba fútbol, todos los chicos mostraban ser muy cuidadosos, yo era quien a veces los pateaba en el fragor del partido. Pero en ese momento me di cuenta que José2 era muy diferente a  los otros. Más adelante cuando murió su abuela, con quien vivía,  me enteré que era un joven a quien la vida le había quitado todo. Su madre murió al nacer, su abuelo fue a la cárcel donde también murió,  porque mató al hijo único que tuvo debido a que éste violó a su hermana. José2 vivió desde que tuvo conciencia de existir sabiéndose producto de un incesto rodeado de tragedia, impregnado del dolor de su abuela y el propio ocultando con la agresividad y la fuerza esa condición.

Muchas mujeres violadas hasta no hace mucho, no sólo tenían al hijo de su(s) violador(es), sino se casaban o convivían con él o uno de ellos para "reparar su honor", de esos sin duda  hemos conocido en rededor. ¿Y cómo será convivir con tu violador? ¿Cómo tener sus hijos/as? ¿Cómo cuidarlos/as, protegerlos/as? ¿Será posible amarlos/as y hacer de ellos/as seres felices, amorosos?  Dos casos vienen a mi mente de los tanto que conozco, aquí llamare María1  y María2 a cada caso.

María1, era  una hermosa mujer proveniente del ombligo del mundo.  Tenía la piel tersa de canela intenso, hermosos ojos negros rasgados, una perfecta nariz inca y un rostro ovalado cubierto por un sedoso y brillante cabello lacio de un negro azabache que me hacia sentir estar cerca a una  princesa ñusta. En aquel entonces tendría  alrededor de 23  años, iletrada, con un español dificultoso,  una hija y dos hijos varones muy pequeños. Al principio no comprendí el rechazo que tenía a su marido, quien se desvivía por proveerla y “hacerla feliz”, tampoco entendí  la dureza que ella tenía con su hija(os) a quienes golpeaba frecuentemente.  Eran tiempos donde  cuasi era normal ver que los padres golpearan a su  hija(o), los(as) profesores a los(as) estudiantes y hasta el sacramento de la  confirmación de la iglesia católica se impartía con una cachetada. El cuidado y la enseñanza estaban concebidos como rigor, disciplina y sufrimiento. Pese a ello el nivel de violencia de María1 llamaba la atención por su intensidad y continuidad.
Fue apropósito de este hecho  que hablé con ella, para hacerla pensar en el daño que producía. Descubriendo  que su pareja era un primo, quien la secuestró, encerró  en un cuarto y  no la dejó salir  sola hasta que tuvo  a su primera hija siendo el su partero. Entendí entonces del cuadro tan desgarrador  e  intenté ayudar –era mi época de líder  catequista y evangelizadora- y mis pininos de seudo Trabajadora Social. Al poco tiempo su marido perdió el trabajo, ella se dedicó a la venta ambulatoria, y finalmente, se enamoró de alguien que la prostituyó. El marido aceptó esta situación acomodándose,  cuando me contó llorando me dijo: “Es un maldito, no le importa que me venda siempre que  lo mantenga a él y sus hijos, mejor  si le conseguía un trabajo”.
Cuando ella alcanzó fuerza  y pudo sacarlo de su vida, el  marido se llevó a los hijos varones aun pequeños, como un modo de castigarla, luego los regaló a sus parientes en su lugar de origen ella decía: “A veces los extraño, pero más tarde serán tan perros como su padre”. La hija que quedó con ella, por los golpes y la nueva forma de vida de su madre se sumó a los numerosos niños de la calle, ascendiendo en la  rueda delictiva hasta ir presa por la muerte de un parroquiano, no sin antes tener cinco hijo/as que fueron a sumar los albergues de la capital.

María2, venía del oriente con el sueño de servir y ser alguien más. Al igual que la María1  fue secuestrada, doblegada y violada. Su historia fue compartida en más de una  sesión  colectiva de liderazgo y autoestima, de mujeres organizadas, donde narró  cómo peleó  tres días y sus noches para no ser violada. Cuando finalmente no tuvo más fuerza sucedió, él  le dijo que estaba en un lugar donde corría peligro porque era salvaje, y que como había sido su mujer le pertenecía, que no se preocupara  por la plata porque no le faltaría nada.
Ella decía  que no lo quería, que cada hijo había sido una nueva violación,  todos los vecinos sabían como ella y el tenían peleas intensas. El era mucho mayor, cada día era poco lo que podía aportar, ella terminó en el comedor, donde creció, se hizo líder, se enamoró. Dejó atrás su historia y a sus hijos. A quienes decía no querer  porque cada uno era producto de un dolor sobre otro.

Otras mujeres tuvieron  a l@s hij@s  de  la violación y heredaron -a sus padres, tíos, abuelos- un modo más sutil de darlo en adopción por la vía informal, todo con tal de alejarse y no cometer el "pecado de odiar", independiente de que el violador fuera en el futuro su pareja o no. Al ser seres y no objetos  sienten,  crecen se hacen,  deconstruyen  o reconstruyen sus historias, plagados de sentimientos humanos que a más de uno produciría escalofríos.

María3, es una joven de la era digital, a quien conocí en un evento público con familiares de presos. Me dijo estaba buscando el mecanismo de sacar a su esposo de la cárcel a donde había caído injustamente, dejándola sola con su hijo pequeño, pero que gracias a Dios tenía el apoyo de sus padres para cuidarlo. Mucho tiempo después la volvía a ver con un nuevo bebé en sus brazos, le pregunté si logró la liberación de su pareja,  me dijo: “¡Que se pudra, porque en verdad había violado a una niña!”. Lo dijo con tanto odio que me sorprendió. Pregunté  si estaba probado y condenado por  violación. Dijo que sí, que no le extrañaba, porque todos los hombres eran igual, inclusive su padre y se le crispó el rostro y temí perdiera la serenidad.
Comenté que hacía mucho calor y mejor tomáramos un refresco -para calmarla-, aceptó. Ya sentadas en un lugar acogedor, me miró detenidamente y preguntó “¿Tú siempre has estado a salvo?” Pregunté  de qué, y me dijo: “De los hombres”. Le dije que ninguna mujer incluyéndome está a salvo si se trata de violencia y/o violación sexual y que todas éramos sobrevivientes en una lucha constante.
Guardó silencio, y casi como quien se desgarra,  me narró que odiaba a su padre y su madre, o quien creía que era su madre, pues en verdad era su abuela, porque su madre era quien creía que era su hermana, a la que juzgó siempre como mala, porque nunca la vio por casa sólo sabía que existía y punto. Y en realidad su  madre-hermana había sido violada por su padre-abuelo. Se había enterado a raíz de su segundo embarazo, cuando su padre quiso golpearla por golfa y su madre-hermana la protegió, diciendo que ella podía parir de todo el mundo menos de su padre-abuelo, que ella no lo permitiría y que ahí estaba para defenderla.

El daño colateral de la violación sexual de una mujer, no sólo es el  producto de esa afrenta, sino, la vida que depara a ese nuevo ser que nace marcado por el sufrimiento, es un tema que merece una exploración detenida, la misma que  trasciende  a este escrito, alguien experto debiera trabajarlo con detenimiento. Lo que he visto y he sido testigo de excepción me muestra que el dolor y sufrimiento se expande, abarcando  muchas vidas  reproduciéndose exponencialmente.

Mi siguiente caso  se trata de una mujer mayor  María4,  con ella descubrí que el dolor a medida que pasa el tiempo se acrecienta, diversifica y captura, construyendo una cárcel de sufrimiento a la medida, al punto que la lleva a cuestas  a donde se vayas, flexibilizándose a momentos cuando el poder  se apropia de ella, embriagándola  y haciendo que olvide su historia encarnando la historia de muchas mujeres. Pero que a solas siente sus garras en las entrañas, cuyo dolor  reparte generosamente entre los suyos haciendo de su familia un espacio irrespirable e insano.

Ella fue “regalada” a una tía con muchos hijos varones, por cuanto creció como la “sirvienta”, para sobrevivir tuvo que defenderse y aprendió a pelear a puño limpio como ya no lo hace cualquier varón.  Cuando la conocí,  lo primero que destacó fue su agresividad y autoritarismo contrastante con su frágil y delicada figura.
Cuando aprendimos a respetarnos y alcanzamos la confidencia, descubrí que era una nutricionista frustrada, de clase media en crisis, con una segunda pareja. La primera según decía fue un desastre, un golpeador que terminó golpeado y humillado por ella, de quien se separó cuando conoció al segundo. Nuestra conversa  se centraba siempre en sus diez hijos/as con quienes tenía fuerte conflicto, luego descubrí que era mamá gallina y  castradora, impidiendo la madurez y autonomía de cada uno de sus hijos/as con quienes se hundía en inagotables conflictos que se extendía hasta sus parejas.
A raíz de la reinstalación  de su madre en su  vida, entendí el trasfondo de su comportamiento. Me dijo a su estilo “L@s hij@s de mi madre la han depositado en mi casa, ahora que ella no les sirve y que a  mí nunca me quiso, ¿Qué voy a hacer con ella?”,  una noticia con todo el peso de su significado.  Me pidió  no la viera como un monstruo, y  confesó, que odiaba a  su madre porque la abandonó, nunca la quiso y peor aun nunca le dijo que fue producto de una violación.
Culpaba a su madre porque ella en situaciones similares se había defendido y no comprendía que haya sucedido si ella era más grande y fuerte. Peor aun que a ella no la protegiera, no estuviera de su lado cuando se divorció, a cambio la cuestionó. Aquella mujer tan fuerte lloró como una niña de cinco años mientras yo la abrazaba.  Acompañé a María4 hasta la muerte de su madre, apoyándola a desprenderse  de su sufrimiento, descubriendo de cómo el odio cuándo llega al límite, si bien no da paso al amor, si alcanza el perdón y la liberación con la muerte.

Y cuando ese ser nacido de una violación va por el mundo, cargando el peso “del pecado original” sobre sus hombros, aprende a  decretar y vivir una infelicidad anunciada, sintiéndose que es el precio que tiene que pagar por haber nacido, así se torna  presa fácil de quien se aprovecha de ella, incrementando  su auto-percepción no amada,  alimentando una relación de parasitaria  y miserable que mantiene su infelicidad.

A  María5, la conocí en este nuevo siglo, cuando fui al dentista. Una bella joven migrante del norte con grandes ojos pardos, mestiza con las huellas de la conquista en su piel y el color del trigo en el cabello lacio. A los veinticinco años ya estaba divorciada, porque según ella se había casado con un vividor al que mantenía, y la presionaba a tener un hijo, ella se resistió porque  no podría mantener a los tres con su sueldo. Luego de divorciarse eran amigos, porque era lo único familiar que tenía. Estaba convencida que no se merecía que nadie la quisiera.
Cita a cita coincidente en el dentista, durante un año, fue desanudando su historia, tenía tres nombres, el de su hermana, de su madre  y abuela. Al principio  me pareció  anecdótico. A medida que me tuvo confianza contó  que en realidad su hermana era su madre, pero que su madre legal era su abuela y la  había criado su bisabuela. Y que su padre era también su abuelo, el hijo de su bisabuela. Cuando me lo dijo, lo hizo lentamente atenta a mi rostro, a  descubrir algún gesto. Y como mantuve silencio sereno me dijo: “No te  parece horroroso, soy un engendro del mal, por eso no soy feliz, todo  me sale mal, estoy condenada a pagar la culpa de mis padres”.  De eso hace más de cinco  años, ha pasado por un largo proceso de terapia y pronto será una mujer profesional de éxito.

Muchas mujeres violadas que  a consecuencia de ello  tienen un hijo(a), han optado por olvidar literalmente que es suyo aun cuando lo tengan presente, cuando alguien le pregunta: ¿Cuántos hijos tiene?, suele contar a los que nacieron del amor y olvidar al fruto de la violencia, puede ser que este sea un modo de seguir viviendo y nadie puede ni debe juzgarla por ello. Excepto el hijo o la hija ignorada, invisibilizada, excluida.

Hay otras  que tuvieron sus hijos se desprendieron de ellos: “Donándolos, heredándolos, abandonándolos”, rehicieron sus vidas y no supieron más de él o ella, quién se atreve a juzgar el modo en que decidieron sobrevivir, salvo aquel ser que creció y experimentó la orfandad, murió en el intentó o sobrevivió para contarlo.

Sin duda hay otras tantas mujeres que renunciaron al amor, porque  su experiencia fue nefasta y se quedaron a cuidar de ese niño(a). O quienes a pesar de ello siguieron viviendo encontraron al amor y cuidaron juntos de ese niño(a) borrando en todos ellos el estigma y sufrimiento.

Y están quienes que no tuvieron al fruto de la violación, porque  decidieron sobrevivir y olvidar completamente la brutalidad de la que fue objeto ¿Quién puede condenarla por ello, sin antes asumir la responsabilidad de ser parte de una sociedad que al desproteger a sus mujeres las empuja al aborto?

De todas estas historias, la del hijo(a) de una violación, sin duda es inenarrable en el  percibir y asumirse como secuela de la violación de una mujer. Independiente de cómo reelaboró o mantuvo su historia, son los(as) más vulnerables, en quienes persiste el estigma  invisible y sufrimiento de la violación, de ello nadie se ocupa, porque ya nacieron, no vende ni da rédito político. ¡Hay que ocuparse de los que aun no han nacido, de los futuros hijos(as) de  la violación...!, para asegurarles una vida de espectros y sufrimiento, así estaremos en paz y habremos celebrado a la vida, por supuesto no del otro sino la nuestra.

miércoles, 28 de marzo de 2012

CARTA A MANUELA, EXORCISANDO EL DOLOR DE TU PARTIDA

Lima 28 de Marzo del 2012
Recordada Manuela1:
Escribo  esta carta,  porque sé que  allá donde te encuentras, estas libre de muros que impedían tu derecho a la comunicación. El dolor que anulaba toda dedicación a una lectura no existe más, la tristeza por todo lo vivido ya no nublará tus ojos. Sabrás que los sentimientos que me mueven son profundos aun cuando nunca nos conocimos, escuchamos el timbre de nuestras voces o nos miramos en los ojos de la otra.
Entenderás que es tu partida aquella que nos ha conectado por  sobre las dimensiones que nos separan,  provocando tanto dolor que me desborda, abrillanta los ojos, se me escapa por los poros, movilizando  mis dedos para exorcisar estos sentimientos y pensamientos.  
Manuela siento tanto dolor como impotencia  por ti,   por mí, por las mujeres que precedieron y las que nos suceden. Por todas las manuelas del Perú, América Latina y el Mundo. Por aquellas que diariamente mueren sistemáticamente asesinadas por un sistema que nos dice como vivir y cuando morir a nombre de la vida y el derecho del neonato.
Un sistema que  no precisa ¿Cómo  te sobrevivirán?  Aquellos que te aman, las que se te parecen y las diferentes que se reconocen en ti. Mujeres   que tienen como particularidad,   el periodo y lugar en el que les  toque  reproducir tu   historia, porque a pesar de las políticas de equidad e igualdad, los objetivos del milenio y los “N” convenios internacionales a favor de los derechos de las mujeres, seguimos siendo ciudadanas de segunda categoría, semi- humanas,  poco menos que discapacitadas mentales para decidir sobre nuestro cuerpo y vida.
Me duele tu vida tanto como tu muerte,  por lo cruel e injusta, a manos  de una ley que nadie te consultó, la cual se elaboró en mayoría sin considerar tu ausencia. Fuiste representada por quienes carecen  de condiciones para juzgarte y experiencia para comprenderte. A tu nombre se decidió que debías parir en su tiempo, sanos y fuertes a todos los hijos que pudieras concebir, sin considerar tu historia: psicológica, fisiológica, genética, morfológica, biológica, social, económica, educativa, prácticas y costumbres.
Los mismos que hicieron las leyes, las promulgaron y derivaron para que se implemente, sin que en algún momento su “brillante coeficiente intelectual y el poder que les diste con tu voto”,  fuera asaltado por la prospectiva de casos excepcionales como  la perfección de la especie humana que desecha espontáneamente las concepciones inviables. Sabiduría ancestral, por el que se recomienda a toda gestante,  no divulgar un embarazo hasta que el neonato  supere  los tres meses de gestación.
·         ¿De qué modo quedó  registrada tu muerte legal y bajo qué principio religioso se celebró tus exequias?
·         ¿Habrá alguien que recupere el proceso de tu calvario y se anime a escribir para que tu sufrimiento y muerte no sea en vano?
·         ¿Cuál de los personajes políticos hizo de plañidera en tu sepelio y cuál es el programa de los medios de comunicación que hoy se ocupa tanto de tu muerte mientras en tu vida hizo campaña para condenarte?
·         ¿Acaso fue tu epitafio: Aquí yace  Manuela, cuyo útero se reveló a la prohibición del  aborto bajo cualquier circunstancia…?
·         ¿Cuál es el principio ético y moral bajo  el cual se te torturó y desconoció tu condición humana condenándote a un largo padecimiento hasta morir? 
·         ¿De qué modo contarán los cuentos sobre ti a las nuevas Manuelas… Alguien te recordará al cabo de algún tiempo?
La ofuscación que produce el poder de los ausentes y la impunidad del silencio, obvió  la previsión de la tipificación del delito para los/as responsables de tu muerte, sumándose tu caso a los miles de casos de Manuelas en el mundo que mueren a causa de la mitad de la humanidad que decide sobre la otra mitad. Manuela perdiste no sólo la vida, también tus huellas pronto serás  parte de un porcentaje.  
Aun cuando sienta tu tristeza y perciba tu sufrimiento en cada una de las Manuelas que siguen tus pasos, no cuenta, porque este carta   llega tarde como para consolarte, tampoco será leída por otras manuelas que podrían revelarse. Y para quienes hablan en tu nombre y el mío, es inexistente, porque  tú o yo no contamos, salvo en elecciones  sea para justificar tu muerte o remover tu recuerdo y martirio. Jurando y perjurando que te harán justicia, repararán a tus deudos aunque ello no permita resucitarse, construirán un monumento o mejor un museo que sea imagen simbólica: “Ninguna Manuelas mártir a nombre de un neonato expulsado por un útero”.