miércoles, 14 de julio de 2010

DERECHOS HUMANOS PARA TODAS(OS) O PARA HUMANOS DERECHOS

Cuando leí la carta de una madre que perdió a su hijo asesinado por el hijo de otra madre, me quedé varada, porque el argumento que desgranaba aparecía tan claro e inamovible como el Himalaya. Va su reproducción para su personal percepción y reacción.
¡LOS DERECHOS HUMANOS SON PARA LOS HUMANOS DERECHOS! 
De madre a madre:
Vi tu enérgica protesta delante de las cámaras de TV, en la reciente manifestación en favor de la reagrupación de presos y su transferencia a cárceles cercanas a sus familiares, y con mejores prestaciones. 
Vi cómo te quejabas de la distancia que te separa de tu hijo, y de lo que supone económicamente para tí, ir a visitarlo como consecuencia de esa distancia.
Vi también toda la cobertura mediática que dedicaron a dicha manifestación, así como el soporte que tuviste de otras madres en la misma situación y de otras personas que querían ser solidarias contigo, y que contabas con el apoyo de algunas organizaciones y sindicatos populistas, comisiones pastorales, órganos y entidades en defensa de los derechos humanos, ONGs etc. etc.
Yo también soy madre y puedo comprender tu protesta e indignación.
Enorme es la distancia que me separa de mi hijo. Trabajando mucho y ganando poco, idénticas son las dificultades y los gastos que tengo para visitarlo. Con mucho sacrificio sólo puedo visitarlo los domingos, porque trabajo incluso los sábados para el sustento y educación del resto de la familia. Felizmente, también cuento con el apoyo de amigos, familia, etc.
Si aún no me reconoces, yo soy la madre de aquel joven que se dirigía al trabajo, con cuyo salario me ayudaba a criar y mandar a la escuela a sus hermanos menores, y que fue asaltado y herido mortalmente a balazos disparados por tu hijo.
En la próxima visita, cuando tú estés abrazando y besando a tu hijo en la cárcel yo estaré visitando al mío y depositándole unas flores en su tumba, en el cementerio.
¡Ah! Se me olvidaba: ganando poco y sosteniendo la economía de mi casa, a través de los impuestos que pago, tu hijo seguirá durmiendo en un colchón y comiendo todos los días. O dicho de otro modo: seguiré sosteniendo a tu hijo malhechor.
Ni a mi casa, ni en el cementerio, vino nunca ningún representante de esas entidades, que tan solidarias son contigo, para darme apoyo ni dedicarme unas palabras de aliento.
¡Ni siquiera para decirme cuáles son MIS DERECHOS!
Luego de mi primera impresión, volví a releer el título, "Los Derechos Humanos son para los Humanos Derechos", mensaje que me sustrajo de mi inamovilidad racional, para encausarme hacia la reflexión, cuyo derrotero comparto.
Para empezar hay cuestiones de principios que uno ha de tomar en cuenta cuando decide asumir un valor, en el cual no hay cabida a las excepciones. El valor como la moral, son principio y práctica éticas que en hora buena no se prestan a la manipulación, porque cuando ello sucede pierde su valor intrínseco, es decir deja de ser un valor para transformarse en su espectro.
Por manipulación me refiero a la posibilidad de adecuar acorde al beneficio de un interés particular, tanto al valor en su contenido como a la moral en su práctica. Dando espacio a la idea y práctica de discriminación, bajo la justificación de una moral superior, es decir elegir cuando, donde, a quién debe aplicarse y a quien no, produciéndose en ese proceso la negación y devaluación del valor al cual apelamos.

Una de las condiciones para que los derechos humanos alcancen su condición de universalidad es que se aplique sin distinciones, a todas las personas y sociedades, cosa que aun es una aspiración a pesar nuestro, por una serie de razones como los que aparecen en el artículo de François Julien (1).

Sin duda que los sentimientos de las madres citadas en el mensaje, son en cada caso dolorosos. Sufre ciertamente la madre del hijo asesinado, por la pérdida del ser amado, valorado y principal proveedor que hacia de la vida pobre de su madre y/o familia, menos incierta y miserable de lo que era antes de él y después de él. Sufre también, la madre del delincuente asesino, por el fracaso y la impotencia de haber perdido la oportunidad de hacer de su hijo un hombre de bien, viviendo y sufriendo con él, el costo personal, familiar y social de sus acciones.

Mirar con cierta distancia ambos sufrimientos, nos obliga, por un acto de humanidad a reconocer que no hay posibilidad de medir cual de los sufrimientos es más o menos doloroso, puesto que los sentimientos son únicos, inmedibles, inexpresables, por tanto incomparables.

Asumamos también que la maternidad, independiente de su fracaso o éxito en situaciones que nos coloca al centro de la violencia y su extensión, es un rol que para nosotras las mujeres tiene sus exigencias y costos, cuya resolución podemos asumir, postergar o simplemente ignorar.

Para algunas, la maternidad será algo que se cargará  toda la vida en tanto no es posible escapar de la pobreza,  reproduciendo el círculo de miseria y profundizándolo. Cuya sobrevivencia, sin ser la única causa  es un buen abono para aproximarse a la lupenización  2 (están entre otros factores la desigualdad y la injusticia social), umbral de la delincuencia 3. En caso contrario, si logró superar la línea de la pobreza gracias a su dedicación exclusiva de proveedora del hogar a tiempo completo -para satisfacer  las necesidades materiales de sus hijos/as-, debió estar ausente mientras crecían solos/as, como miles y miles de mujeres lo hacen hoy 4 dejando la socialización de hijos/as a sus pares, los medios de comunicación, las escuelas, instituciones religiosas y la sociedad en general.
Algunos estudios señalan que la tasa de participación económica urbana de las mujeres para el 2008 era del 81% en tanto los varones lo hacían en un 62% 5, permitiéndonos intuir que los costos en la socialización y la canalización de la agresividad juvenil, son más altos cuanto más disfuncional son las familias, mas ausentes están padre y/o madres 6.

Para otras mujeres la maternidad y maternalidad, tiene como esperanza salir de la línea de pobreza a través de la formación, educación e incentivo de superación en sus hijos/as, invirtiendo en ello todo su esfuerzo, atención y cuidado. Proceso que es cercenado por las manos de algún delincuente ejecutor de la violencia social. Haciéndolas herederas de las secuelas del homicidio o la discapacitación de sus de sus hijos/as, producto de una ciudad insegura donde el mayor número de víctimas son jóvenes estudiantes o que recién han empezado a contribuir a la provisión familiar7. La violencia urbana es la principal causa de muerte de personas entre 14 y 44 años, de los cuales la mayor proporción son varones, provocando un impacto económico del 3.3%(8).
La condición de la mujer que pierde a un padre o madre es de orfandad, la de su pareja viudez, pero la de un hijo/a es innombrable y como tal, difícilmente de exorsisar, provocando que el dolor de la pérdida se transforma en un estado de permanente tristeza.

Cada una de las mujeres madres que pierden a sus hijos/as sea como victimas o victimarios al interior de una relación social permanente hostil, violenta, inmisericorde donde el valor de la vida es nula, sin duda elegirán sus propios mecanismos y ritos para amenguar o desprenderse de su tristeza.
Algunas veces el instrumento de justicia social del que se apropien será el mismo independiente de quienes sean -como sucede en este momento con los derechos humanos-, puesto que por sobre las ubicaciones de cada una de las experiencias de pérdida y la opciones que cada quien tome, es un instrumento que nos sirve de paraguas a todos/as y cada uno/a que deseemos hacer prevalecer nuestros derechos.
Detenernos en dilucidar si el derecho humano es de todos/as los/as peruanos/as o sólo debe ser aplicada para los humanos derechos, antes que todo es crearnos una trampa a nosotros/as mismos/as, puesto que es un marco al cual podemos y debemos acogernos tanto individuos como instituciones,-el Perú es parte de las Naciones Unidas desde el 31 de 10 de 1945 (9), por haber suscrito la carta magna de los Derechos Humanos desde 1948 (10)-. Visto de este modo, deja espacio para que  inspirados en sus principios, le proporcionemos contenido y sentido mediante el establecimiento de normas de convivencia y reglas de juego, para someternos todos/as a ella, sin excepciones, para disfrutar de su protección en tanto la honremos, o bien, asumir los costos e implicancias de nuestras acciones cuando las violemos.
Deslizar la posibilidad de parcelar la aplicación de los derechos humanos,  sólo para quienes se portan bien, es negar la posibilidad de someter a la justicia las violaciones que se produzcan respecto a sus mandatos, dejando la puerta abierta para la impunidad.
Mas aún es renunciar a su valor de referente para la apropiación y la encarnación de la libertad, igualdad, dignidad y derecho. El cuestionamiento de la existencia de instituciones y personas que se encarnan los derechos humanos como herramienta para la gesta de una reinvindicación, no debe de ningún modo inmovilizarnos, todo lo contrario es preciso revisar y actuar en ese espacio que hemos dejado vacío donde preservar el espíritu de su mandato que pueda ser enajenado. Es alertarnos en subrayar su condición de principio y protección.

Centrarnos en el cuestionamiento de los derechos humanos para unos sí y para otros no, distrae nuestra atención y abona al olvido de otros factores que están en la base de las condiciones que provocan dolor en madres de víctimas y victimarios hasta transformarlo en tristeza crónica, más frustrante, cuando mas persisten en responsabilizarse unas a otras en medio de una creciente inseguridad ciudadana, donde sólo es cuestión de tiempo reeditar el mismo rito de dolor por una nueva pérdida o hacerse parte del drama.

Mientras ellas contraponen su tristeza, aquellas causas que las colocaron en esa situación, persisten y se reproducen a vista y paciencia de todos/as y cada uno/a de nosotros/as como sucede con la injusta distribución de la riqueza, la exclusión de grandes sectores del país a la satisfacción de necesidades básicas, la expoliación de la riqueza principal del ser humano mujer y hombre como es su tiempo, fuerza, sueño y esperanza sin dejarle espacio para ser, crecer y formar.

Esos elementos históricos que a cada generación se nos presenta como novedoso: la pugna por un puesto de trabajo digno que no llega, la condena a la ignorancia e incapacidad de controlar y canalizar la ira, por la instrucción parcelada y devaluada; la escasa oportunidad de orientar y cultivar las habilidades y capacidades de cada niño/a en desempeños creativos, pacíficos y constructivos. Carencias que cuando niños/as  se hacen adolescentes y jóvenes, se tornan desbocados, estimulados y desbordados por la violencia que se cuela por todos los lados, la maximización del placer y los sentidos, el abuso que se reproduce en cada esquina, la corrupción que nos atraviesa de norte a sur y de este a oeste, la impunidad que se entreteje cual tela de araña en la penumbra, la desvergüenza que se aplaude y la viveza criolla que se celebra.
Los derechos humanos no pueden ni deben expropiarse a nombre de inocentes ni bandidos, lo que nos toca es mirar al fondo de nuestro dolor, para hallar la fuerza en él que nos impulse a cambiar las condiciones que día a día nos intercambia papeles entre víctimas y victimarios/as.
Es preciso apropiárnos del espíritu de los derechos humanos para hacer de nuestro entorno y sociedad un lugar libre, habitable, confiable y seguro. Donde el lastre social sea un accidente y no una constante.

Construyamos las instituciones que hagan falta para enarbolar los derechos que estén en paréntesis. Movilicémonos por quienes no han sido ni serán consolados, como no hemos sido consolados. Informémonos de nuestros derechos para informar a quienes los desconocen.Vigilemos el cumplimiento de los derechos para que no se confisquen por la corrupción ni silenciados por el dinero. Construyamos y mantengamos mecanismos creativos y permanentes de información si los que existen silencian nuestras voces.
Podemos ser más que nuestra tristeza. Podemos hacer que nuestros muertos no queden en el olvido ni el silencio. Podemos llenar de sentido nuestro día a día en la instauración del verdadero espíritu de los derechos humanos.

1 comentario:

  1. Me da miedo siquiera pensar en como se siente una madre cuyo hijo fue asesinado... no me permito y no soy capaz de ponerme en sus zapatos, asi que no puedo comentar ese comentario surgido desde el dolor.Pero si la doliente fuera mi amiga, mi madre, mi hermana, yo le diria: abre tu corazon querida, llora, duele y deja que la vida, lentamente, vuelva a llenarlo de amor. Deja la venganza al destino,(que suele ser implacable) deja la justicia legal a quienes la administran (o no), si tienes que representar los derechos de tu hijo, hazlo, pero preserva tu corazon, ese corazon que se hizo grande gracias a tu maternidad. Mal negocio, muy mal negocio es el odio y si la sociedad practicara el ojo por ojo, como decia Gandhi, ya estariamos ciegos todos

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